Ir de la mano para buscar la libertad

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Jesús Loizaga
Profesor de Filosofía

Me llamo Jesús Loizaga, tengo 71 años, soy licenciado en Filosofía y mi carrera profesional ha sido variada: agente comercial, enseñanza, servicios, cafetería, bar… Soy nacido en un pueblecito de Vizcaya, Ondarroa, de un padre nacionalista vasco y una madre con toda la familia socialista que vivieron la Guerra y la represión. Por lo tanto, soy hijo de la represión. Tuve la suerte de tener un padre muy inteligente, una persona terriblemente abierta, comprensible, muy, muy católico, pero de un catolicismo, yo creo, bastante real; y una madre muy brava, pero terriblemente enamorados. Los recuerdo a los dos jugando en el comedor.

Se murió mi padre cuando yo tenía nueve años, mi madre entró en una depresión que no la soltó hasta su muerte a los 58 años. Se llevaban 18 años. Tras la muerte de mi padre me encontré totalmente perdido, porque mi padre era mi ideal, mi compañero. Me enseñó a leer, a escribir, a sumar, a restar, y me enseñó a tener curiosidad. Entonces, lo que más recuerdo de él, más que el sumar y el restar, era que yo le preguntaba y él me contestaba. Yo le decía “papá, ¿por qué pone ahí ese S.A.?”; me decía “mira, eso es Sociedad Anónima“. Y de alguna forma él me explicaba lo que es una sociedad anónima, diferente a una sociedad limitada. Él me abrió al conocimiento.

Jesús Loizaga

Jesús Loizaga

Al morir él yo me encontré perdido y con el tiempo me fui buscando la vida, es decir, huyendo de mi situación de huérfano, buscando una satisfacción que en casa yo no tenía. Y en esta búsqueda me encontré con la Iglesia. Entonces creí que la Iglesia me iba a dar unos principios, me iba a orientar (porque yo dejé los estudios, fue un desastre total). Entré en un instituto secular, estuve cinco años, pero al final no, no, aquello no, no era lo que yo buscaba. Y después me fui a Salamanca, a un colegio mayor, y de ahí ya me echaron, porque el director espiritual, que nos daba unas charlas, empezó a hablar mal de los comunistas, y del Che Guevara, que era la época del Che Guevara… Toda la conferencia le estuve levantando el dedo, yo quería hablar, y al final me dice “vamos a ver, Jesús, ¿qué quiere usted decir?”. Le dije “yo, pues que le pido un respeto para una persona que, confundida o no confundida, verdad o no verdad, es capaz de dar la vida por la libertad de los demás (es decir, su meta es la libertad), y creo que hay que tener un respeto ante esto“. Él, que tenía un aparato porque no oía bien, empezó a darle, se puso nervioso… Entonces, pues, me echaron del colegio.

“Mi función fundamental es que tú te sacudas y todo lo que no eres tú caiga. Y esos agujeros que han dejado todo eso que no eres tú, que los rellenes”

Después entré en la Facultad de Teología de Bilbao. En un principio, bueno, ya había perdido el interés por ser cura, por la Iglesia… pero entendía que la teología tenía… porque estaba todo el movimiento seglar, y con la nueva teología, con la muerte de Dios, todo esto estaba en movimiento. Entonces yo entendí que la teología podía ayudarme, podía aclarar un poquitín la sociedad. Y sobre todo, claro, enfrentar con el franquismo. Y ahí me encontré con un profesor catalán, Antoni Badia, que me dejó en pelotas. Y un día fui a hablar con él y le dije: “Antoni, me has dejado… es que me has roto todos los esquemas, estoy desnudo, no sé qué creer, en qué ni cómo ni cuándo, ni dónde, no sé nada. Estoy desnudo.” Y él me dijo: “Mira, Jesús, mi función fundamental es que tú te sacudas, y todo lo que no eres tú caiga. Y esos agujeros que han dejado todo eso que no eres tú, que los rellenes. Mi función no es ayudarte, mi función es hacer que tú te profundices y te hagas, y rompas todo aquello que tú realmente no eres“. Aquel hombre me cambió toda la vida, fue impresionante. A partir de ese momento me hice autocrítico, y soy bastante crítico. Y ya después entré en la enseñanza. Estuve cinco años en institutos, dando clases de religión, pero tal y como yo la entendía. Por lo tanto, no era un libro de texto, sino reflexionar. Por ejemplo, qué sentido, si tiene sentido, el término Dios. Y entonces ahí empalmaba con Nietsche, que dice que las palabras son como las monedas, que de tanto manosearlas pierden la figura, pierden valor. Se siguen utilizando, pero ya no son… Y bueno, estuve hasta que… bueno, normal, el obispo me retiró el placet para dar clase.

Y estuve dando clases en un colegio de monjas que a la noche tenían una escuela social, donde estaba María Eugenia, que es una mujer que respeté siempre muchísimo y aún la respeto y aún la recuerdo, que toda su vida estaba en función de la gente necesitada. Las clases eran tres aulas de chicas alcohólicas, no prostitutas, pero bueno, casi, violadas… un desastre. Más adelante empezaron a entrar chicos también, pues, incontinentes, que tenías que llevarlos al baño. Era un ambiente muy, muy bonito. Y esta mujer lo llevaba… Pero bueno, yo luego me fui a Roma para hacer la tesis doctoral. Y ya dejé el colegio, con María Eugenia siempre he mantenido relación. Luego he trabajado de vendedor, de representante, de mil cosas.

-Entre esta trayectoria, ¿para ti qué es aprender?

¿Qué es aprender? Pues es preguntarse. Para mí ha sido el preguntarme qué, yo qué, qué de qué… ¿Esto es bonito? ¿Esto me gusta? ¿Esto soy yo? Y para mí el aprender es fundamentalmente es haberme encontrado con esto, con una serie de personas que, efectivamente, me desnudaron, que me rompieron, que me obligaron a quitar todo ropaje para empezar a tejerme yo mi propio vestido.

Aprender es preguntarse, encontrarte con personas que me desnudaron, me rompieron, me obligaron a quitarme todo ropaje para empezar a tejerme yo mi propio vestido

-Al narrar tu experiencia, y ahora al decirlo explícitamente, me has hecho caer en la cuenta de todas esas veces que tenemos un cierto pudor a hablar de nuestro aprendizaje desde el error. Y esta dimensión es muy importante, tal y como acabas de decir: aprender es desnudarse, significa hacer autocrítica. Pero, ¿por qué crees que hay personas que no quieren contemplar esa perspectiva del aprendizaje?

Fundamentalmente porque no se lo han hecho ver. Es decir, para mí hay una palabra que, si hay alguna sagrada, es libertad. Yo tuve la gran suerte de que me lo hicieron vislumbrar. Porque sigo con la misma: el aprendizaje se hace a lo largo de toda la vida. Pero a mí esto me lo mostraron, me lo enseñaron, y vi que, efectivamente, la vida sin libertad no tiene sentido. Libre significa ser libre, lo que me decía Badia: sacúdete y todo lo que no seas tú, échalo fuera.

Y eso es aprendizaje, porque aprendizaje no es simplemente estar aprendiendo, sino estar construyendo. El aprendizaje sin construcción no tiene sentido. Creo que la gente, que todos, hemos vivido en una jaula, y no tenemos conciencia; es decir, me levanto, desayuno, como, trabajo, tal, tal… En la televisión andaluza los jueves hay un programa, ¿Tengo una pregunta para usted?, allí van personajes y les preguntan cosas. El otro día fue un chaval, primer licenciado en Educación con síndrome de Down, y las madres le decía “¿cómo podemos hacer para que los niños estudien y tal?” y él les decía “hay que enseñar a los niños que la primera obligación que tienen es ser felices“. Por lo tanto, primero que sean felices. ¿Dónde? Donde ellos van a ser felices. No hay que marcarles un camino, sino presentarles caminos y que siga aquél en el que se sienta feliz. A mí esto me sirvió de mucho y me dije: “¡qué razón tienes!”. Y yo creo que es esto, que vivimos encasillados, que tenemos una sociedad donde nos encasillan. Si tienes el pelo largo, “tienes el pelo largo“, si vas con el pantalón como yo, “oye, que yo vendo pantalones nuevos“, “pero es que a mí me gustan estos”. Vivimos encasillados, hay que ser así, así, así. “¿Y por qué no te has casado?”, “Porque no me ha dado la gana“. Yo creo que es eso.

-Estás tocando un tema importante, la relación entre aprendizaje y libertad. Es un tema que a veces es tabú al hablar de los aprendizajes. Tenemos un concepto del aprendizaje, desde mi punto de vista, un poco reductivista, donde parece que el que mejor aprende es el que se amolda a unos estándares. A mí eso me da mucho miedo en educación, y sobre todo ante esta nueva reforma que reafirma ese camino. Las grandes experiencias pedagógicas, educativas, y no siempre vinculadas a la escuela, se producen por el encuentro del aprendizaje, la libertad y la creatividad. Y enlazo con lo que decías, normalmente aprendemos donde nos sentimos bien. ¿No crees tú que la escuela y los sistemas formales de formación se desarrollan en un clima excesivamente encorsetado?

Totalmente. Cuando estaba dando clases en un pueblo había un profesor de física que era un tanto suyo, muy individual, pero que salía con los chavales al pasillo a dar clases de física con coches. Y hombre, quieras o no, montaba un poquitín de ruido, y la gente se quejaba. A mí no molestaba en absoluto, porque tampoco eran unos ruidos exagerados, pero me gustaba el hecho de que el profesor, de rodillas con los chavales, les estuviera enseñando lo que es la velocidad. Mientras que… éste es un caso concreto, un día una profesora de matemáticas que se metió de profesora porque no encontraba trabajo en la industria privada, que es lo que a ella le gustaba, me dijo: “oye, ayúdame, que tengo un examen y tengo todo el salón de actos lleno“. Eso ya dice algo, ¿no? O sea, un salón de actos lleno de chavales, no de examen de primero sino de repetición. Y entonces ocurrió una cosa que hemos hecho todos, porque yo lo he hecho. Si una pregunta del examen medio suena, o no me suena nada, yo levanto el dedo y pregunto, “¿esto es…?“, a ver si me echa un cable y le cojo la pregunta. Esto lo hemos hecho todos. Entonces unos cuantos críos levantaban la mano y le hacían preguntas, y la contestación de ella era: “¡imbéciles, idiotas!” Y añadía: “¡Te das cuenta, Jesús, qué bajos son!“. Ella estaba en la cabecera, yo estaba a mitad de la sala. Copiaron lo que quisieron y más. No hay derecho a que se trate a un chaval así, a que por un conocimiento matemático se le denigre de esa forma. Pues no, chico, saca un aprobado, vete a casa tranquilo, tus padres tranquilos y ya está, y se acabó, que si no sabes, pues ya aprenderás más adelante, pero tratar a un chaval así… me parecía…

El estereotipo es una yaga de por vida

Estábamos hablando del tema de aprendizaje y libertad. Has hecho referencia a otro aspecto que creo que es importante y es duro también. A mí me preocupa mucho, por eso estoy haciendo la tesis sobre el tema de estudiantes de la ESO en riesgo de exclusión educativa. Con frecuencia estereotipamos a un alumno o a una alumna en base a no alcanzar los conocimientos establecidos. Se le estereotipa y empieza a transitar por dinámicas de exclusión. El estereotipo es un aprendizaje vital para una persona. A la persona que etiquetamos, o que comparamos con otros, comienza a crearse un autoconcepto que le  acompaña a lo largo de la vida y va a determinar su desarrollo personal. Entonces, en ese sentido, ¿crees que existen aprendizajes que son contraproducentes?

Sí, sí, claro. Todo aprendizaje en el que contrapones, “este sí, tú no“, es negativo, pero es negativo para el uno y para el otro. Porque hay una sobrevaloración del uno y una infravaloración del otro. Y esto rompe el posible encuentro entre ambos porque son diferentes. Sí, yo creo que el estereotipo este es totalmente negativo. Es una yaga de por vida. Ésta diferenciación, “hay que ser así, y si no eres así eres otra cosa“, y entonces, a partir de ahí, vienen todos los epítetos para calificar a una persona.

Jesús Loizaga

Jesús Loizaga

Yo sigo pensando que lo que hay que hacer es que el alumno llegue a tener unos conocimientos, pero comprensibles, y no “léete esto y apréndetelo de memoria“. Sino hacer  que sea comprensible para él. Creo que la enseñanza tiene que ir por ahí, fomentando esas diferentes visiones de la vida que tenemos cada uno. Y de joven pues no tenemos ninguna, o la que tenemos es, vete tú a saber, del abuelo o de la abuela, ¿no? Un día mi sobrina, yo la vi que ya era mayorcita, le dije a mi hermano: “¿Has hablado con ella sobre el sexo, las relaciones…?“, “¡Oh, qué dices, yo voy…! Se quedó sorprendido. Hablé  con mi cuñada y le digo: “Tu hija está abriendo los ojos, ¿has hablado con ella? ¿Le has expresado…?”, “¡Uy, qué dices, no! ¡Habla tú, habla tú!” Pues un día me la cogí y estuvimos charlando, y le hablé. Y a cosa de, no sé, igual de un año o de medio año, no sé exactamente, me viene y me dice mi sobrina: “¡Tío, me ha dicho mi abuela que me has quitado la inocencia, que me has quitado la inocencia!” O sea, no tienes ni idea de este tema, ¿leer es quitarte la inocencia?,  ¿la inocencia de salvaje, no? ¿del que está en la selva?. Y tú vas y le enseñas lo que es la vida ¿No tienes que saber nada, tienes que estar inocente, te tienes que casar inocente y te tienes que encontrarte ahí sin saber nada?

Estábamos hablando de que la educación debe respetar la individualidad de cada uno. Has hecho referencia también varias veces a aprendizaje-vida, al otro. O sea, en el camino del aprendizaje no estamos solos y creo que una de las principales funciones de la escuela es formar ciudadanos. El ciudadano es el que vive en ciudad, el que vive con el otro. Entonces, en nuestro aprendizaje está el otro. ¿A ti qué te han aportado las personas que te has ido encontrando en tu camino para tu aprendizaje?

Pues de todo, de todo. ¿Que qué me han aportado? Pues yo creo que el ser yo. El distinguir, el ver la vida de otra forma, la rotura de la utopía, la rotura del realismo… No sé. Sí, fundamentalmente “el ser yo”.  Es lo que me han aportado y  me siguen aportando.

El encuentro con los demás me ha hecho muy crítico y muy autocrítico

-Yo creo que el otro también nos construye a nosotros.

Sí. El individuo es, tiene consistencia, en cuanto se abre a los demás, se relaciona con los demás, se interrelaciona y cambia con los demás, y los demás cambian con él. Si no, no tiene sentido el individuo. Si no es así, es como un árbol en pleno desierto, una vida vegetativa. A mí, la vida con los demás me ha abierto mucho, me ha hecho muy crítico y muy autocrítico. He tenido momentos de relación duros, fuertes, que con el tiempo me han hecho pensar más en mí, ver mis propios fallos, mis defectos. Yo creo que esto ha sido una de las cosas que más he buscado y que más he encontrado. Una vez, hablando con una amiga, ante una serie de elogios, le decía: “que no, que no, a mí no me digas «uy, Jesús», a mí dime qué crees que he hecho mal, dime, corrígeme; esto es lo que busco, es lo que quiero“. Y no “ay, qué majo y qué guapo, y qué…“. Esto en un segundo plano; en la medida en que tú me corriges es en la medida en que yo siento que tú te relacionas conmigo, que tú me quieres. Que me corriges y yo estoy, claro, para aceptar o no aceptar, o sea, para tamizar, también… Pero esto yo siempre lo he buscado. Una vez, estuve dando una conferencia, me aplaudieron, me levanté, salí a la calle, eché a correr y corrí toda la manzana, porque me agobiaba aquello. Aquello, el aplauso, y qué es esto, cuando yo sé que mañana todo va a seguir igual y tú vas a seguir igual, y tú vas a seguir pensando igual y lo otro igual, y bueno… ¿el aplauso para mí qué? ¿para qué?

Hace un rato hemos tenido en la mano el libro de Kapuściński “El encuentro con el otro”. El encuentro con el otro en nuestra sociedad a veces no es fácil por muchas razones.  Hace un momento hablábamos de estereotipos, y nuestra sociedad estereotipa a personas, a grupos, y estereotipa por su forma de vivir, o por su orientación sexual, u otra serie de razones. Estos procesos sociales se previenen desde la educación, y ya no sólo la educación de la escuela, sino desde el aprendizaje de la vida. Si tú tuvieras que hablarles a unos jóvenes de tu experiencia del encuentro con el otro para superar estereotipos ¿qué les dirías?

Pues que me acercaría, acércate, sencillamente acércate. Y escúchalo. Es algo que es mío, una forma de ser mía. Yo, por ejemplo, soy vasco, y somos un poco cerrados. Bien, pero intento no juzgar. Veo gente y hombre, quieras o no, te haces un esquema. Pero no quiero hacer un esquema cerrado, eso nunca, porque el esquema cerrado es el juicio. Y junto con el juicio normalmente va la condena. Entonces, no, me hago un esquema y luego, voy añadiendo o voy quitando. Y me puede apetecer tener una amistad o no tenerla. Pero bueno, cada cual es cada cual. Y de la misma forma que a mí me apetece o no me apetece, acepto que a los demás les apetezca o no tenerla conmigo.

El estereotipo me parece que existe, que estamos viviendo en una sociedad estereotipada. Cuando tenía veintialgo llevaba pelo largo, y había unas vecinas solteras que no se montaban en el ascensor conmigo porque me tenían miedo, cuando me conocían desde crío. ¿Y qué les voy a hacer? O sea, pues el pelo largo, si no te quieres montar, pues pobrecitas, allá ellas, que se esperen o que suban andando. Sí que la sociedad se mueve por estereotipos. El problema está, yo creo que fundamentalmente cuando esto constituye un acto cultural que lo interiorizamos, lo vivimos y lo plasmamos sin comprender nada, sino simplemente… “si utilizas la mano izquierda eres zurdo“. Yo soy de una época en la que en la escuela te ataban la mano atrás para no ser zurdo. Ahora me digo: “pues tú eres zurdo y yo soy diestro, ¿y qué pasa aquí?”

Yo diría eso: “acércate, habla, comparte… y luego, bueno, ¿te interesa ir a tomar un vino con esa persona? Vete. Que no te interesa ir al cine con esa persona, no vayas. Pero hay otra persona con la que te interesa ir al cine y no a tomar un vino, pues vete al cine con esa otra persona y no vayas…” pero sin juzgar.

El estereotipo, los esquemas cerrados lleva consigo el juicio, y con el juicio va la condena

-Creo que el camino para romper el estereotipo es el diálogo, el conocer, el acercarse sin esquemas previos, el compartir, el escuchar la voz. A raíz de escuchar y dar la voz, estamos viviendo un momento donde cada vez hay menos espacio donde resuene la voz de las personas. Esta voz incluso llega a verse como una amenaza. Y creo que es muy serio que se condene la voz que habla ante una injusticia, que se estereotipa a la persona como antisistema. ¿Cómo valoras la situación esta que estamos viviendo?

Yo veo una falta de libertad total. Es decir, la libertad se ha ido de vacaciones, nos la han llevado de vacaciones del IMSERSO. ¡Nos están quitando la libertad!. La libertad auténtica, no el hacer lo que me apetece, no, lo que es libertad, el sentido pleno de libertad, nos la han llevado de vacaciones. Y es más, no solamente nos la han llevado, sino que no podemos ni hablar por teléfono con ella. Nos están negando absolutamente todo.

Jesús Loizaga

Jesús Loizaga

Hace un año y medio una persona que tenía una relación conmigo un tanto así como de confesor, me dijo que quería hablar conmigo para que yo le orientara. Y yo esto, no, no… Entonces le recomendé un libro: “El miedo a la libertad“, de Erich Fromm. “Lo he leído tres veces”, me lo dijo el otro día: “y quiero que vengas a casa para que hablemos“, y le dije: “Vamos, tranquilo, mira, cógete un capítulo, el que más te haya interesado, y empieza a resumir. Cuando hayas resumido eso, léetelo y escribe lo tuyo, qué es lo que te dice a ti”.Para mí, la libertad no puede ser dirigida. La libertad tiene que ser mostrada. El gran miedo que tengo, y he tenido toda mi vida, es que me cojan de gurú, de guía, de padre… yo, esto no puedo, porque entonces me niego a mí mismo, me quitan mi libertad. Y le dije: “cógete esto y estúdiate, mira, ese capítulo que tanto te ha gustado, y habla tú, suéltate“.

Yo creo que el momento actual es terrible, es triste. Pero triste ya desde hace bastantes años. Porque es mejor tener mil pesetas que no tenerlas, y es mejor mil quinientas que mil, y es mejor dos mil que mil, y es mejor cinco mil que tres mil, y entonces lo demás no importa, porque si tengo dinero… Te quiero decir, que ese boom económico que hemos vivido es el principio de todo lo que estamos pasando ahora. ¿Por qué? Efectivamente, no es que vivimos por encima de nuestras necesidades, es que nos crearon necesidades, y nos dijeron que cumplir esas necesidades es mejor que no cumplirlas, que satisfacerlas es mejor que no satisfacerlas.

Y creo, también, que tenemos miedo a la libertad porque es encontrarnos con nosotros. Es durísimo decir: “es que mi padre era así, mi madre era así, y yo soy así, y fruto de esto soy así”. Y eso, porque claro, socialmente, el padre, la madre y el hijo… Y romper todos estos esquemas, ser libre y aceptarse tal cual, y empezar a… es duro, y hay miedo. Para mí, la libertad provoca miedo. Y a mí también, ¿eh?

-Y ya, para terminar, no una frase sobre el aprendizaje, sino lo que más valoras de lo que has aprendido en la vida.

El ser libre. No, miento, no el ser libre, sino el ansiar la libertad. Sí, lo que más añoro.  No valoro otra cosa más que encontrarme con alguien al que me puedo dar la mano e ir buscando la libertad. Para mí, esto es fundamental.

No valoro otra cosa más que encontrarme con alguien al que puedo dar la mano e ir buscando la libertad

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Publicado en: Entrevista, Voces
Entrevistador: José Manuel Martos Ortega
Editor: José Antonio Casares González

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