El aprendizaje como libertad de elección

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Víctor Manuel Muñoz Aragón
Sociológo
Víctor Manuel Muñoz Aragón

Víctor Manuel Muñoz Aragón

Me llamo Víctor Manuel Muñoz Aragón, tengo 35 años y en la actualidad trabajo en un centro en Motril con niños con transtorno del desarrollo. En concreto llevo un aula de estudio dirigido en la cual ayudamos a los niños a que hagan sus deberes, pero siempre intentando que ellos sean los protagonistas: que aprendan a controlar su tiempo para exámenes y si tienen alguna duda se les resuelve en el momento. Incluso les enseñamos, por ejemplo, si tienen que buscar palabras en el diccionario, a que usen también Internet para que tengan las dos opciones, para que no sea todo muy mecánico. Y yo estoy muy contento.

-La primera pregunta que le hago a todo el mundo: ¿para ti qué es aprender?

La definición de aprender es complicada. Para mí, aprender es lo que hago todos los días. Cuando me acuesto he aprendido algo. No todo tiene que ser bueno, se aprenden también cosas malas. Con el tiempo he aprendido a desechar lo malo y quedarme con lo bueno. Pero todos los días aprendo.

Hay cosas que he aprendido que no me van a servir para absolutamente nada. Pero sí el hecho de aprenderlas, memorizarlas, e incluso de pensar que no me sirven, para mí ha sido un aprendizaje

-El aprendizaje lleva consigo el saber elegir, ¿no?

Sí. Creo que no todo lo que consumimos o aprendemos es necesario para nuestra vida, pero sí nos aporta un bagaje por el simple hecho de aprender. No sé si se pierde un poco el concepto: todo lo que aprendemos no creo que sea bueno y necesario. Esa frase de que todo te sirve creo que no es cierto; hay cosas que he aprendido que no me van a servir para absolutamente nada. Pero sí el hecho de aprenderlas, memorizarlas, e incluso de pensar que no me sirven, para mí ha sido un aprendizaje. Incluso yo, cuando he dado algún curso a los niños, se lo intento transmitir: tienen que aprender todos los temarios, porque es verdad que están en una fase muy básica. Pero cuando he tenido cursos de gente mayor en formación, muchas veces hemos analizado esto, porque han sido cursos mucho más específicos. Por ejemplo, hice uno de gestión cultural y la verdad es que había cosas en los temarios que tuve que ampliar y otras que verdaderamente se pasaban y di por encima, porque no realmente no era muy significativo. A eso me refería.

-Pues vamos a ir empezando a recorrer tu historia de aprendizaje. El primer contexto que tenemos de aprendizaje es la familia. ¿Qué aprendizajes te ha ofrecido a ti?

Mi familia me ha enseñado, no voy a decir todo, porque mis padres no eran personas que se dedicaran a la enseñanza, pero mucho, porque siempre nos han proporcionado a mi hermana y a mí todas las herramientas para que nosotros pudiéramos aprender y formarnos. Si nosotros necesitábamos un flexo o una mesa, la teníamos, academias, todo. De hecho, mis padres se implicaron muchísimo y estaban dentro de la asociación de padres. Mi padre, por circunstancias de trabajo, viajaba y siempre nos traía libros. No recuerdo cuando aprendí a leer, pero sí sé que era muy pequeño. Entré en párvulos con tres años. Mi hermana me lleva cinco años, yo me ponía a la par que ella y a mí me gustaba verla. Recuerdo que en segundo de párvulos a mí me llevaron por las clases con otras dos niñas para que leyéramos un cuento para que vieron el resto cómo leíamos. No sé exactamente el contenido pedagógico que pudiera tener eso hoy en día, quizás yo no lo haría si fuera profesor. Pero mi recuerdo de párvulos es muy agradable.

-¿Recuerdas de esa época algún maestro o maestra?

Sí, recuerdo a varios. Tenía una profesora de párvulos que era doña María Luisa. Era mayor, de Santander. Nos gustaba mucho el acento que tenía, porque hablaba bastante bien. Ella tenía un familiar que era sordomudo y nos enseñó el lenguaje de signos, muy básico. Aquello a mí me gustaba muchísimo. No existían las aulas para niños con necesidades especiales y teníamos un niño con síndrome de Down y recuerdo que no había problemas, no estaba discriminado. Sabíamos que era un niño diferente. De un día para otro no vino, y le preguntamos a la profesora y no nos contestaba. Hasta que pasó un tiempo y nos dijo que se había muerto. Lo recuerdo y es verdad que lo pasé mal, pero la vida seguía. Lo que quiero decir es que ese niño tenía unas conductas agresivas, pero estaba perfectamente integrado con nosotros. No había tampoco un sentimiento de “pobretico”, sino “éste es así” y lo teníamos totalmente asumido y se le ayudaba sin sentimiento de que fuera inferior.

-De la etapa de la EGB, ¿qué recuerdas?

Recuerdo el cambio, por ejemplo, de tener un solo profesor a tener varios, me costaba bastante, porque no lo asumí bien. Pero eran profesores mayores y habían sido los profesores de mi hermana. Eso al principio supuso un problema para mí, porque había una comparativa. Me supuso algo duro, no porque me compararan con ella, sino porque no creo que dos personas sean exactamente iguales. Entonces me exigían un poco más porque decían que podía hacer algo más. Pero sin embargo, por mucho que estudiaba, a veces tenía días buenos y a veces tenía días malos, y yo no tenía las herramientas para expresar eso: “podía haber sacado un notable en vez de un seis, pero ese día no pude“. Eso me costó un poco.

Es necesario una educación y una formación mucho más práctica

-Tú ahora te estás enseñando a la enseñanza. A mí me ocurre igual: cuando trabajas en la enseñanza con mucha frecuencia miras hacia atrás, para recordar cómo te enseñaron en la escuela. ¿Cómo era antes la forma de aprender en la escuela?

Aquellos años eran los ochenta y tengo buenos recuerdos. Es verdad que a mí me castigaban: yo tenía un problema, y era que hablo mucho. Hacía mis ejercicios, tenía buenas calificaciones, pero me castigaban por hablar. Pero no lo recuerdo como un trauma. Conforme estoy viendo, se sigue haciendo lo mismo, que es mandar muchísimos deberes a los niños, cosa que no tiene mucho sentido. Hay que hacer una formación y una educación mucho más práctica: si estás dando las monedas, trabajar con monedas, no con unas monedas pintadas en un libro. A mí me mandaban muchos ejercicios, y la idea era hacerlos todos rápidamente el viernes para poder jugar el sábado y el domingo. No recuerdo nada especial que fuera desagradable. Una vez me pillaron copiando y la verdad es que lo pasé muy mal, pero incluso el profesor me llevó aparte y me preguntó que por qué lo había hecho. Era la idea de no defraudar, de seguir manteniendo unas buenas notas, y hasta el profesor lo olvidó.

-Luego viene la época del instituto. ¿Notaste algún cambio?

Un cambio bastante grande. Por ejemplo, no entiendo por qué los niños entran tan pequeños al instituto. Yo entré con catorce años, era pequeño todavía, pero es lo mismo que con once o doce, que tienen ahora cuando entran. Parece poco, pero esos dos años es bastante. En Jaén vivía justo enfrente de un instituto y no quise entrar a ése. Mis padres querían que fuera allí porque estaba más cerca, no entendían por qué yo tenía que andar un kilómetro para ir. Era porque yo quería conocer gente nueva, y ese instituto al que iba tenía mejor fama que el otro. Luego me he dado cuenta de que al fin y al cabo, es una pegatina que dice dónde has sacado el título de bachiller. Pero en aquella época no era lo mismo terminar cursándolo en un instituto u otro, aunque fuera público. Yo lo hice en el Santa Catalina de Alejandría. En octavo de EGB me juntaba con unos amigos muy buenos, vivían más cerca de ese instituto e iban ahí. Se lo propuse a mi padre y movió los hilos para que entrara allí. Ninguno de mis amigos entró en mi clase, y yo me encontré solo, sin conocer absolutamente a nadie, y no me importó. Me gustó, conocí a gente nueva y me lo pasé genial. Esos cuatros años los recuerdo como de los más bonitos.

Víctor Manuel Muñoz Aragón

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-¿En esa época la forma de aprender cambia?

Muchísimo. Noté el cambio en que fui un chico que sacó buenas notas en octavo de EGB y nada más llegar al instituto me quedaron tres asignaturas en el primer trimestre. Para mí y mi familia aquello fue una bomba, y lo pasé muy mal. Me quedaba Lengua, Matemáticas y no sé si Biología o Geología. No entendía los conceptos. Mis padres hablaron conmigo y estuve en una academia de matemáticas, y lo demás a base de estudiar muchísimo, y me puse al día, con mucho esfuerzo. Eran muchos profesores, horarios diferentes, recreos en los que podías salir del instituto, un timbre que te decía que tenías que volver a clase, y era un choque bastante grande.

En bachillerato tuve profesores que me marcaron mucho desfavorablemente. Por ejemplo, yo nunca estudiaría Matemáticas por un profesor que tuve. Tambien hubo otros que sí me marcaron favorablemente. Tenía un profesor de Francés, don Manuel Visiedo, que lo recuerdo con muchísimo cariño. En la clase éramos muy pocos, no llegábamos a diez, y nos enseñó francés bastante bien, y además nos contaba muchas cosas que luego nos servían, consejos prácticos. Consiguió que hiciéramos un intercambio, trajo a unos chicos y chicas franceses, y aquello era fabuloso. Recuerdo a una profesora de Teatro muy cariñosa, una profesora de Arte, Aliator, que era fabulosa. Era un poco extraña a la hora de dar las clases, en el sentido de que no era muy ortodoxa, pero yo aprendí mucho arte con ella. Don Manuel Lara, un profesor que nos enseñó Lengua y Literatura muy bien… Los malos puedo confesar que los he olvidado.

-Llega el momento donde hay que escoger Ciencias o Letras ¿Cómo viviste ese momento?

Lo recuerdo con muchísimo cariño. En segundo de BUP, me costó mucho aprobar el Latín, aunque la profesora era muy buena, porque no lo llegaba a entender. Un amigo me convenció para que siguiéramos haciendo Letras Puras. Cuando salí de echar la matrícula me encontré a otro amigo, y me dice: “¿pero cómo puedes elegir eso? ¿no sabes que ya te va a marcar, no vas a poder hacer la carrera que tú quieras?” Y me lo puso de tal forma que me fui a mi casa, lo pensé, se lo comenté a mis padres, y al día siguiente cambié la matrícula a Ciencias Puras. Tercero de BUP me costó bastante, estuve en academia, pero me gustó más. Luego en COU hice Ciencias Mixtas, la rama Social que dicen ahora.

-Después hay que  elegir qué estudiar en la universidad…

Hice la Selectividad en septiembre, porque en COU el profesor de Lengua decidió que por un trimestre y por un ejercicio no me aprobaba. Lo pasé muy mal, yo era una persona que estaba muy metida en el instituto, en el Consejo Escolar, hacíamos teatro, todo el mundo me conocía. Esa fue mi primera incursión en el mundo de la política, por decirlo de alguna forma, y me gustaba bastante, pero cuando terminé creía que iba a hacer la Selectividad en junio y me sentó muy mal. Incluso algunos profesores hablaron con éste para que me aprobara, y decidió que no. Entonces ya me dejaron las Matemáticas y tuve que estar todo el verano estudiando Lengua y Matemáticas, aparte del resto de las asignaturas. Aquello no lo supe canalizar hasta varias semanas después. Porque veía que otra gente que había estudiado conmigo había aprobado, me maté a estudiar en las recuperaciones de junio y no vi mi esfuerzo recompensado. Aquello no fue un trauma pero sí supuso un problema para mí. En septiembre se limitó mucho el tipo de carrera que yo podía hacer, por las notas de corte. Pero ya por aquella época había decidido hacer Sociología, porque me gustaba mucho, creía que podía cambiar de alguna forma las cosas desde esa perspectiva: conocer la política por dentro, la sociología, cómo está hecha la sociedad, para cambiar las cosas.

Aprender implica tener la capacidad y los instrumentos para poder cambiar las cosas

-¿Aprender es también para ti cambiar las cosas?

Sí, creo que uno de los objetivos de aprender es poder tener uno la capacidad y los instrumentos para poder cambiar las cosas si quieres. Una de las cosas más importantes que puede tener la persona es poder decidir. Es una de las máximas de la persona, la libertad de decidir, y se hace aprendiendo a usar esas herramientas. También conocer las consecuencias, pero ser libre para poder elegir hacerlo o no hacerlo. Para eso está el aprendizaje, sin estar mediatizado, dogmatizado. En ese sentido estoy muy agradecido a mis padres, a mi hermana, a mis profesores, porque yo he podido elegir. Me he equivocado, he tenido dudas, pero es sano y es necesario.

-Volvemos a la universidad. ¿Qué te ha aportado estudiar Sociología?

A mí la sociología me ha aportado mucho, pero por la perspectiva la hora de entender la sociedad, cómo leer una noticia, entender la historia… Ahora, la carrera en sí no me ha servido para mucho, aunque yo he tenido trabajo gracias a eso y me ha enseñado muchas cosas. Pero realmente la universidad no está orientada al mercado laboral. Es mi caso y el de muchos compañeros, tanto de mi carrera como de otras. Para darnos unas herramientas para encontrar trabajos relacionados, sí, pero que no se correspondían con las espectativas altas que nos ponían en los primeros años de la carrera. Cuando salí, yo no podía dirigir un hospital, pero en nuestra formación nos enseñaron a dirigir un hospital. Es más, se planteaban unos experimentos en que había sociólogos dirigiendo colegios, porque se intentaba dar un enfoque diferente y crearlos como empresas, con gente más enfocada a la gestión y que no tuviera nada que ver con la educación. Se nos planteaba eso, y era un choque bastante grande porque no lo entendíamos. Ahora sí se entiende ese concepto, porque estamos viendo que la administración va cada vez más a gestionarse como una empresa privada, pero en mi época era impensable. Se están dirigiendo cárceles por sociólogos, pero claro, son funcionarios de prisiones que tienen esa carrera.

-Terminas Sociología y te encuentras que tienes que buscar trabajo, ¿cómo viviste aquel momento?

Fatal, muy mal. Ahí mi familia y mi novia, que hoy es mi esposa, me animaron muchísimo, porque llegó un momento en que era bastante estresante, porque querías terminar y yo me encontré con que tenía una titulación muy bonita sobre un papel, pero no había trabajo para nosotros. No había un trabajo específico para los sociólogos; lo había, pero era la administración, con unas oposiciones. Entonces, todo lo que te habían dicho los profesores (que podías dirigir un hospital, un colegio, una empresa) no era cierto. En la realidad no había esos puestos y tenías que volver a estudiar otros cinco, ocho años, hasta que salieran esas oposiciones, con una plaza o dos en toda Andalucía. ¿Qué tenías que hacer? Pues bajar tus espectativas. Entonces, es verdad que no he tenido mala suerte. He tenido trabajos muy precarios, pero era más que nada para costeándome yo. He trabajado siete u ocho años en Juveándalus, y sacaba un dinero para tus gastos. Trabajé muchos años en animación, montando castillos hinchables, haciendo comuniones y bautizos, y la verdad es que no me arrepiento, he aprendido muchísimo. Quizás he aprendido mucho más de esos trabajos que de la carrera, a la hora de enfocar mi vida laboral. Enfoqué un poco mi trabajo hacia la dependencia, he trabajado con enfermos mentales en dos fundaciones diferentes, una de tutela y otra trabajando con ellos.

-¿Y qué aprendizaje tuviste de trabajar con ellos? Porque ahí trabajabas más como Trabajador Social.

Sí. Estuve trabajando al principio en una fundación en su tutela. Entonces, había enfermos que su familia no podían hacerse cargo y entonces el juez nos daba la tutela. Manejábamos lo que era su dinero, para que no lo gastaran en un brote de la enfermedad, o no pudieran vender una herencia, sino que tuvieran una figura que mirara por sus intereses. Aquello me gustó mucho, porque lo llevaba una magnífica persona, y aprendí mucho de él y la compañera. Tienen una enfermedad que es difícil que vean, muchos estigmas, pero luego son personas maravillosas de las que puedes aprender muchísimo. Saben que no se van a curar, toman mucha medicación…

-¿Qué enfermedad tenían?

Esquizofrenia, alguno alzheimer, eran todo tipo de enfermedades mentales. Luego trabajé para una fundación de la Junta de Andalucía, que ya sí eran enfermos con trastorno bipolar, esquizofrenias, y eran gente más joven, desde los 18 años hasta 50. Porque con 60 ya la gente va a otro tipo de residencias. Entonces he trabajado en pisos, residencias, iba a sus casas, y me gustaba mucho. Al principio lo pasé mal, porque es un choque muy fuerte, lo que pasa es que disfrutaba mucho con este trabajo. Trabajaba mucho, porque hicieron una convocatoria pública y me quedé el sexto. Era interino y me llamaban de una residencia a otra. Tengo muy buen recuerdo de los compañeros, y aprendí mucho: cómo sobreviven a esa enfermedad, tienen que convivir con sus familias, muchos tienen hijos… es complicado. Hacíamos un servicio necesario, porque las familias muchas veces no se pueden encargar de ellos, bien porque los padres eran muy mayores o porque simplemente no tienen las herramientas y la formación. Además, en un estado del bienestar tiene que haber gente que se dedique a eso. Pero volviendo a la formación, tengo que decir que había muy poca formación específica para los trabajadores. Creo que antes de entrar te deberían dar un curso y explicarte la diferencia entre enfermedades. Lo tenías que hacer por tu cuenta si querías. Yo he encontrado a compañeros que me lo han facilitado, que me han enseñado, y otros que echaban sus horas y se acabó.

Tuve que reinventarme, pararme y decidir a qué me dedicaba

-Y cuando terminaste de trabajar en eso tuviste que reorientarte laboralmente.

Sí. Lo pasé mal porque era un trabajo que me gustaba mucho, pero por ciertos motivos tuve que dejarlo. A mi madre le detectaron una leucemia, y a los seis meses falleció de hepatitis. En ese momento, mi mujer me animó a terminar Trabajo Social y tenía la mente en otra cosa. La muerte de mi madre significó un palo muy grande y estuve bastante tiempo sin trabajar, o haciendo trabajos de dos o tres meses. Luego me dediqué bastante a mi familia, mi mujer también se fue fuera a estudiar un máster de autismo y gracias a eso ha montado su centro. La verdad es que tuve que reinventarme, pararme y decidir a qué me dedicaba. Estuve apuntado al SAE, al paro, a todas las trayectorias de orientación laboral, pero mi perfil era muy formado y no encontraba trabajo, y me costó bastante. Hice varios cursos, entre ellos uno de certificaciones profesionales para ser asesor, y aquello me gustó, porque creía que no iba a ir a ningún lado y al final el verano del 2011 tuve a 25 mujeres a las que asesoré para que le dieran la acreditación de ayuda a domicilio.

-¿Qué te ha supuesto participar como asesor en el proceso de la acreditación?

A mí al principio me dio mucha incertidumbre, porque lo tomé con muchísima ilusión (tuve una orientadora muy apañada), se oían cosas de como iba a ser esto, me interesé, fui a la Junta, dejé todos los papeles, mis contratos, hice mi curso online, mi examen, y luego la desorganización de la Junta de Andalucía fue una barbaridad. Pero de repente nos encontramos con que estábamos en un instituto, el Severo Ochoa, teníamos a 25 personas, nos reunieron y teníamos que asesorar a mujeres que llevaban toda la vida haciendo un trabajo de ayuda a domicilio, y para mí aquello fue fabuloso. Esas mujeres venían con muchísimo miedo, tenías que calmarlas, muchas inseguridades. Había mujeres muy formadas, con muchísimos cursos, unos curriculum impresionantes, otras que no pero que llevaban 30 años haciendo lo mismo. Te encontrabas ese choque y todo lo que yo sabía y mi formación de ayuda a domicilio, porque la había trabajado con los enfermos mentales y mayores, tenía que traducirlo y asesorar para que otra gente las evaluara. Entonces era bastante complicado. Yo era asesor. A mí me venían con su curriculum, les hacía una pequeña entrevista y les preguntaba qué hacían, cómo lo desempeñaban. Unas eran entrevistas individuales y otras en grupo. A mí me tocó la zona de Alhama de Granada. Me encontraba muchos problemas porque ya en 2011 la Junta no pagaba a los ayuntamientos, llevaban meses sin cobrar y era un lío. Intentaba dejar estos problemas un poco al margen: “vale, no te pagan, pero vamos a intentar que te den esto, hazlo bien“. Necesitaban mucho ánimo, porque estaban muy desorientadas. Pero fue fabuloso, me lo agradecían, y cuando se lo conté a mi familia me animaron a que me dedicara a esto. No sabía que podía comunicar, enseñar. A lo mejor la palabra “enseñar” no, para mí tiene unos matices más fuertes, pero sí para transmitir. Y ahora sí me estoy formando para poder ser mejor formador. De hecho a mí no me gusta llamarme profesor, ni maestro, sino formador. Los niños en el aula me dicen “maestro”, y yo les respondo que no soy su maestro. Para mí un maestro tiene mucho peso.

Víctor Manuel Muñoz Aragón

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-Y luego otro cambio fue a donde estás trabajando ahora, ¿no?

Sí, esto fue también un cambio bastante grande. ¡Las veces que me he reinventado! Al principio te cuesta, porque no sabes cómo volver a enfocarte. Es como cuando tienes una cámara y estás viendo un paisaje, y tu cámara está desenfocada, porque realmente no lo ves bien. Tienes que buscar tu sitio, tienes que ubicarte. Yo me he sentido desubicado muchísimas veces, pero he seguido. Algunas veces te frustras, porque tú estás preparado para una cosa, pero también te cansas de tener que estar reinventandote cada pocos años. Dices: “yo soy esto, estoy trabajando en esto, y ahora otra vez tengo que volver a hacer otro máster de otra cosa“. Tengo muchos títulos, pero también quiero tener una cierta estabilidad y ser especialista en algo. Dedicarme a esto, y escribir un libro, y que la gente me critique; para mí es fabuloso, no tengo la verdad absoluta. Es duro tener que reinventarse. Podría estar otra vez inserto en programas de evaluación, de orientación laboral, buscando trabajo, pero tengo la suerte de que ya que mi mujer tiene un centro y me ha dicho que me necesita, trabajo con ella, le echo una mano y además me encargo de algo, y tengo mi parcela. Mañana, si tengo una oportunidad laboral que me interese, cambiaré. No puedes vivir toda tu vida amargado; si te has dedicado a un trabajo que no hay ahora, búscate una cualificación profesional, reinvéntate, porque herramientas hay. Si te quedas en tu casa llorando, no sirve para nada, sigue formándote.

Si te has dedicado a un trabajo que no hay ahora, búscate una cualificación profesional, reinvéntate, porque herramientas hay

-Ya ahora, ¿qué supone tu nuevo trabajo?

Para mí supone más que un esfuerzo una ilusión. Para hacer algo me ilusiono mucho; si no, las hago, pero no estoy contento. Desde el instituto, tenía una profesora de Filosofía que nos enseñó una cosa: nos hablaba mucho sobre los griegos y la diferencia entre lo que pensamos y lo que sentíamos, la dualidad del alma. Aquello me gustaba mucho y le pedí más información. Me dejó un libro. Y me muevo un poco así: si no siento lo que pienso ni pienso lo que siento, al final no estoy contento conmigo mismo, y eso influye. Realmente tienes que estar enamorado de lo que haces; si no, plantéate otra cosa. Es verdad que todos los días no puedes estar enamorado de lo que haces, igual con tu pareja, pero que estés a gusto, que quieras hacerlo, porque eso es importante. No vas a tener ansiedad, vas a vivir mejor, dormir, tantas cosas que si no nos lo planteamos podemos tener muchos problemas. Luego hay que pensar muy bien lo que haces porque todo tiene sus consecuencias. Si tienes que aceptar un trabajo, hacer una carrera, plantéatelo: “yo voy a hacer derecho porque mi padre es abogado” y luego estás amargádo; enfréntate a tus padres porque a la larga saldrás beneficiado. Si aceptas unas condiciones, hazlo desde el principio y luego no estés protestando.

-Y ya para terminar, ¿qué título le pondrías a la entrevista?

Yo me rijo más por la libertad, la de enseñar y la de aprender. No sé cómo enfocarlo, pero veo que la gente tiene que aprender de forma libre para poder pensar.

-¿El aprendizaje como libertad de elección? De hecho, en tu trayectoria has tenido que estar eligiendo mucho.

Sí, yo he elegido mucho, y he tenido la suerte de poder elegir.

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Publicado en: Entrevista
Entrevistador: José Manuel Martos Ortega
Editor: José Antonio Casares González

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