Educar en valores por medio del deporte

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Javier Figueras Valero
Maestro de Educación Primaria y Entrenador de Atletismo
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Javier Figueras Valero

Javier Figueras Valero

Soy Javier Figueras Valero, natural de Vera, (Almería), tengo 35 años y soy maestro por vocación. Me acuerdo que de pequeño decía que si me casaba quería ser maestro, y si no me casaba quería ser cura. Entonces me casé y tengo niños, y soy maestro.

Tengo un hermano, un año y medio mayor, que siempre me ha marcado. En educación cualquier factor sirve y educa. Mi hermano y yo siempre hemos estado muy unidos: estudiamos aquí en Vera, en el Colegio “Reyes Católicos”, en el “Instituto El Palmeral”, que por aquel entonces (estoy hablando de finales de los 80, principios de los 90) era muy bueno. Compartí muchos momentos con gente en la zona del levante almeriense y surgió gran amistad, gente muy nueva. En mi casa la situación ha sido muy curiosa porque mi madre trabajaba fuera, en residencias de ancianos y como cocinera en una residencia de estudiantes, y mi padre era quien estaba con nosotros, quien nos ha educado. Eso era muy distinto a lo que había por aquel entonces. Mi hermano y yo fuimos muy amigos en la infancia. Tuvimos buenos maestros, gente con vocación; esto ayudó a que fuéramos buenos alumnos.

Es cierto que mis padres siempre intentaban hacer todo lo que podían para que mordiéramos la realidad. Morder la realidad era estar cerca de las cosas que consideraban positivas: los estudios, por ejemplo, la catequesis, la participación en una banda de música en la que estuve desde los catorce años hasta los veintitrés. En la banda tocaba el trombón de vara y mi hermano el bajo o la tuba. Fue una experiencia importante, no solo por la afición música, sino también por el grupo humano y el clima que se respiraba.

Mis padres siempre intentaban hacer lo que podían para que mordiéramos la realidad: morder la realidad era estar cerca de las cosas que consideraban positivas

En el instituto tuve muy buenos profesores. Me acuerdo de un profesor que luego fue Delegado de Educación en Almería, Jorge Cara, que nos enseñó y motivó a un grupo a jugar al ajedrez y llegamos a ser de los mejores jugadores de ajedrez. El ajedrez, la música, los estudios, el deporte… fue una época importante, porque creo que cada momento de la adolescencia marca a la persona para toda su vida.

Luego vino COU, en esa etapa con un seis o con un siete me conformaba, porque quería hacer Magisterio y tampoco necesitaba más nota.

 Es verdad que la época de Miguel Induráin, del año 91 al 95, determinó mi interés por el deporte. Hace poco le preguntaba a mis alumnos de Primaria: “¿sabéis quién era Miguel Induráin?” No tenían ni idea. Entonces, les leí una entrevista, ya que fue premio Príncipe de Asturias. Era una persona espectacular. Esos referentes determinan  lo que uno luego de mayor quería ser.

Javier Figueras Valero

Javier Figueras Valero

Me fui a estudiar a Granada Magisterio. Quise entrar en INEF, porque me gustaba mucho el deporte, pero no pude por las pruebas físicas. Y entonces, empecé a hacer Magisterio, como el 90% de frustrados estudiantes de INEF, que empezamos Magisterio. Y una vez allí, con el profesorado, que una vez más ha sido gente con mucha vocación, que apoyaban y ayudaban, casi nadie se arrepentía de no haber estudiado INEF, pues te abrían una puerta nueva.

Viví a un Colegio Mayor de Granada, el Albaycín, que era de lo mejor en el ámbito universitario de la ciudad. La formación la lleva el Opus Dei, al que no conocía en absoluto. Dentro de la humildad, mis padres pensaron que la mejor herencia que se le puede dejar a un niño es cultura y fe. Aunque la fe es algo que tiene que brotar y que la da Dios, sí se puede alimentar y se puede intentar transmitir. Fue una etapa de cuatro años. El último año fui el decano del Colegio Mayor y tuve que intentar integrar a todos los residentes, los 30 o 40 nuevos con los 50 veteranos, e introducirlos durante ese primer año en la vida universitaria.

El año que estudié Psicopedagogía, después de hacer Magisterio, fue quizás el año que más rendí, porque estudiaba en la Facultad de Ciencias de la Educación de ocho a doce; de doce a cinco y media trabajaba en un colegio privado de maestro de Educación Física, y de seis a nueve o diez de la noche me dedicaba a ser decano del Colegio Mayor. Y todo esto desplazándome en bicicleta.

-Has narrado detenidamente tu trayectoria. Ahora vamos a ir profundizando en algunos aspectos de la misma, pero antes, ¿para ti qué es aprender?

Para mí aprender es encontrarse en disposición, o que la gente a tu alrededor te ponga en disposición de poder crecer en todas las capacidades que tiene la persona: en el tema cognitivo, por supuesto, afectivo, social y en el tema espiritual. Si uno no desarrolla una capacidad de estas no puedes aprender.

Aprender es encntrarse en disposición, o que la gente a tu alrededor te ponga en disposición de poder crecer en todas las capacidades que tiene la persona

Me ha gustado mucho la naturalidad con la que has narrado tu historia de aprendizaje. Has hablado de lo que ha supuesto tu familia, la relación con tus padres, con tu hermano… ¿Qué aprendizajes crees que son los principales que te han ofrecido?

Los principal que me han ofrecido, y creo yo que es lo principal que debe ofrecer una familia, es el cariño. La familia es la principal educadora, y es donde única y exclusivamente se recibe el cariño gratuitamente. Tú puedes tener un amigo, un compañero de trabajo que te quiera, pero que sea gratuitamente, desinteresadamente, pese a que tú seas un desastre, eso solamente saben hacerlo un padre o una madre. Quererte desinteresadamente te lleva a que tú puedas crecer y desarrollar tus capacidades. Si una persona no se siente totalmente querida, no puede desarrollarse.

-Vamos a remontarnos también a tu paso por la escuela. ¿Qué recuerdos positivos tienes de tu época en el colegio?

Sobre todo el ambiente que había, crecer en esa alegría. Por ejemplo, cuando había una niña que sabía bailar o cantar bien, las maestras, como premio, a las dos de la tarde decían: “venga, pues va a cantar diez minutos la canción que sabes“.

También recuerdo que estábamos todos integrados: no recuerdo que hubiese división entre niños más listos y menos inteligentes, o por razón de las diferencias familiares: que si su padre era quién o era cuál. Hoy en día los niños son conscientes de estas cosas y determinan sus relaciones.

Me viene a la mente un profesor que tuve que ahora, después de estar diez o doce años en Granada, se ha jubilado. Es una persona bellísima, muy vocacional y muy trabajadora. No recuerdo un mal gesto de ningún profesor, ninguna mala voz ni ningún castigo que no fuese con talante positivo. Hoy en día no se sabe castigar a los niños, ni a los hijos. Primero, que no se les castiga. Se dice que se les va a castigar y no se cumple el castigo. Hay que premiar más, procurar el reforzamiento positivo y el castigo tiene que ser una medida que sea educativa y que esté acorde a lo que ha hecho, porque si un niño hace una cosa y se le castiga con diez veces más… El otro día pensaba, tanto en relación a mis hijas como a mis alumnos, que son de la misma edad, que es necesario hacer un balance diario, una autoevaluación para analizar cuántas órdenes les hemos dado a los niños (tanto padres como educadores). Me he dado cuenta de que un niño recibe, al cabo de cinco horas, como grupo-clase o individualmente, 30 o 40 o 50 órdenes, y eso es imposible de asimilar. Y lo que es peor, a veces estas órdenes son contradictorias y eso las hace inasumible. Más que órdenes habría que proponerles: “oye, ¿por qué no somos capaces de hacer esto? ¿qué os parece si ahora cogemos el bocadillo y nos vamos…?”

-Luego llegó el instituto. ¿Cómo fue tu experiencia en el mismo?

El instituto es la época de la adolescencia, del tonteo. Fue un momento en el que entré en contacto con chicos y chicas de toda la comarca y eso es enriquecedor. Para mí el componente fundamental no era el de ir a tontear sino el trabajo. Las seis o siete horas que permanecíamos en el instituto era para estar centrado en los estudios, eso era lo fundamental. No recuerdo casi ninguna fiesta, Día de la Paz, Día de los Derechos del Niño, que si el Día de los Derechos de la Mujer Trabajadora, fiesta de Navidad. Si hago balance de los cuatro años recuerdo el aula, los bocadillos del recreo, jugar con los compañeros, la clase de Educación Física, el ajedrez en los recreos, el momento en el que mis padres iban a por las notas.

-Llega el momento de elegir y eliges Magisterio. ¿Por qué?

Javier Figueras Valero

Javier Figueras Valero

En primer lugar por el tema del deporte, que era una carrera nueva. Por supuesto, no lo elegí pensando en dedicarme a ser maestro. A mí me gustaba mucho el tema del deporte y enseñar. También sabía que era una carrera facilona, que no era muy exigente, y en esa época, pese a sacar muy buenas notas, no tenía una idea de dedicarme a ser maestro. Pero sí me gustaba ese mundo, porque es lo que yo he vivido: había estado muy bien, muy a gusto y muy cómodo en un aula. Y me gustaba ser como las personas que había visto a mi alrededor, de las que me había enriquecido. Y es verdad que también en Magisterio tuve la suerte durante la carrera de dar con profesorado muy bueno, y con un grupo de alumnos entre los que había gente muy maja y nos divertíamos mucho en clase. Ni allí ni en Psicopedagogía recuerdo en ningún momento no divertirse ni estar traumatizado. La Universidad tiene que exigir, pero también uno debe de estar cómodo. Mi grupo de alumnos no éramos conflictivos, sino muy comprometidos y comunicativos con el profesorado, y eso también te vincula.

-¿Qué te ofreció la Facultad de Ciencias de la Educación? ¿Qué es lo que más valoras?

Despertar a un conocimiento más específico sobre la educación. Me acuerdo de los profesores de Psicología Evolutiva, de Psicología de la Educación, de los aspectos técnicos de la Educación Física, del mundo nuevo que te descubrían. Hablabas con los compañeros del colegio mayor, gente de 3º de Medicina, o de 4º de Ingeniería, sobre temas educativos o deportivos, que yo ya empezaba a conocer más que ellos (un partido de tenis, o de fútbol), y podías darle una orientación técnica o científica. Esto era muy gratificante

-Después, cuando terminas Magisterio, inicias Psicopedagogía. ¿Por qué lo hiciste?

Lo hice porque me quedé con ganas de conocer más. Al ser Magisterio una diplomatura, podía elegir Psicopedagogía, que es una licenciatura, y me atraía. Terminé Magisterio en junio, con 20 años, y me acuerdo de que precisamente en el mes de mayo de 3º de Magisterio hice un curso de monitor de atletismo en el Colegio Labor, en Granada, que ya no existe, y eso me abrió las puertas para empezar en septiembre a dar clases de Educación Física y de Atletismo en el Colegio Mulhacén en Granada.

Me marcó mucho el día del último examen que hice, que fue el 3 de julio del 98, en el que un coche estuvo a punto de atropellarme. Iba yo andando por la acera, un coche pegó un frenazo y se subió a la misma unos metros antes. Ese día al terminar el examen me iba a Linares para hacer un curso del Instituto Andaluz del Deporte que se llamaba Pedagogía Aplicada a la Enseñanza del Ajedrez. Con eso, lo de atletismo un mes antes y recién terminado Magisterio, tenía ganas de hacer Psicopedagogía y de seguir formándome. Y a día de hoy, con 35 años, también tengo esa intención, siempre hay que seguir formándose. Ahora de una manera distinta pues que hay que compatibilizarlo con el trabajo y la familia. Y Psicopedagogía es una carrera de complemento que luego me decepcionó mucho porque estaba montada para atender las necesidades formativas de los orientadores a raíz de la LOGSE y era un cúmulo de cinco o seis asignaturas de cada departamento que no valía para nada. Y de hecho, en el grupo de Psicopedagogía éramos 100 personas, pero no tenía mucha identidad. Pero ibas conociendo algo nuevo de cada profesor y, en fin, aprendiendo.

La Facultad de Ciencias de la Educación me despertó a un conocimiento específico sobre la educación

-Luego hay un momento en que decides hacer también la tesis doctoral, ¿qué te ha aportado el hacer un doctorado?

Yo hice el curso de doctorado en el año 2000-2002. Era muy novedoso, y me llamó la atención que había algunos profesores que nos daban los mismos apuntes que nos habían dado en Magisterio cuatro años antes. Gracias a Dios era tres o cuatro o cinco. Luego venía algún catedrático a hablarte y te gustaba. Me acuerdo uno que vino de Canarias a hablar de la praxiología motriz, te contaba una cosa muy específica. Entonces, con todo eso te vas enriqueciendo, pero no en el sentido “me enriquezco para ser cada vez mejor, aumentar mi yo y mi ego, y ya soy tan gordo en mi ego que ya soy mejor“, sino conocer que hay muchas realidades y que uno cada vez conoce menos. También, todos los trabajos que nos pedían y culminar luego con la tesis doctoral era pensando en mejorar la realidad educativa. Yo ya trabajaba en el centro privado y me ayudaba a mejorar la realidad educativa, conocer e involucrarme. Siempre he tenido un trasfondo social de cómo poder mejorar.

-¿Qué tema cogiste de tesis?

Mi tema estuvo determinado por lo que estaba en auge en aquel momento. En el año 2002 estaba muy en boga toda la cuestión de las actividades extraescolares, debido a algunos planes que se estaban implementando, y precisamente ese fue mi problema de investigación: las actividades en el tiempo extraescolar, cómo se organizaban en la provincia de Granada; los monitores; qué motivaciones tienen los padres y los niños (porque en la edad de 5º y 6º de Primaria ya el niño no va a lo que le dice el padre, sino que requiere una negociación); identificar las empresas que se dedicaban a ello; y cómo se educa en este tiempo extraescolar. Y esa era la idea, hacer esa tesis doctoral. Estuvimos en 25 o 26 colegios de la provincia de Granada, con 930 niños, cuatro grupos de discusión con toda la gente de socialización y un marco teórico, en fin, muy adecuado. La tesis fue también un trabajo en equipo. Aunque luego ya uno lo va matizando con su director, pero fue un trabajo en equipo de todo el grupo de investigación.

-También abordaste el tema de educación y valores, Es un aspecto clave en todo el proceso educativo. ¿Puedes hablar un poco de eso?

Me encanta el tema de educación y valores. Me acuerdo de que cuando leí la tesina, decía alguna frase como “apostar por una serie de valores y no otros“. Eso me costó un notable en vez de un sobresaliente en la suficiencia investigadora. Del tema de la educación en valores aprendí muchísimo, y hay cosas de algunos libros y algunos autores y algunas vivencias que por aquel entonces recordaba que me salía un poquito de lo difuso que está el qué son los valores. Algo que me quedó muy claro es que existe una jerarquía de valores. Esto lo vi en algunos autores más específicos en los que la filosofía y la axiología aportan mucho. Y me llamó la atención cómo hoy en día hay una pirámide de valores. Hay unos valores más necesarios o más vitales o más fuertes para la persona, como es el valor material: la alimentación, la vestimenta… Luego están los valores sociales: la persona que tiene que vivir en sociedad tiene que tener amistad, sentirse. Luego están los valores morales, que ya es una especie de ética. Y estos valores existen en cualquier comunidad en cualquier momento de la historia, unas mínimas normas de organización. Y luego están los valores trascendentales o espirituales, que están olvidados en el sistema educativo. Entonces existe una pirámide de valores que va de lo más básico, de los valores materiales hasta lo más trascendental, Y realmente la gente se queda en lo primero o como mucho en lo segundo, en los valores sociales, porque le aporta algo personal o material. Cuando dicen que la gente es muy individualista o dicen “aquí todo el mundo va a lo suyo menos yo que voy a lo mío“… Entonces todo el mundo apuesta y se está educando en lo personal, y como mucho en cooperar socialmente para que a mí me repercuta, porque si a mí no me repercute, yo no tengo que cooperar. Esos principios de valores yo los tenía y me gustó mucho.

De hecho, el cuestionario que yo hice en mi tesis doctoral era “transmisión y adquisición de valores”, porque son dos palabras clave en la educación en valores. Los valores no se transmiten conceptualmente, sino que el niño tiene que ir capacitándose, tiene que ir adquiriéndolo poco a poco con el hábito de desarrollar ese valor. Y para adquirirlo, sobre todo para transmitir un valor, uno tiene que ver el valor. El valor (la bondad, el esfuerzo, la constancia…) tiene que verlo. Y un niño, para ver ese valor, tiene que ver personas que vivan ese valor. Si cada vez hay menos personas que viven esos valores… Efectivamente hay mecanismos: a través de la educación puedes trabajar el tema de las aptitudes, que está también muy en boga. Pero los valores son personales, no son valores absolutos. Y los niños tienen que ver los valores a nivel personal.

Los valores no se transmiten conceptualmente, sino que el niño tiene que ir capacitándose, tiene que ir adquiriéndolo, poco a poco, con el hábito de desarrollar ese valor

-De cara al aula, ¿eso cómo se aplica?

Pues, por ejemplo, el tema del modelo. En un profesor, la vestimenta que lleva, da un ejemplo. A ningún profesor se le ocurre ir sucio. Por ejemplo, hay que tratar a los niños con mucho cariño. Un niño tiene que percibir en el aula la honestidad y la verdad. Uno no puede mentir. Un niño tiene que percibir el arrepentimiento; cuando un profesor ha fallado en algo, no hay que tener problema en decir que no pasa nada, con la madre, el padre o con el propio niño. Un niño tiene que percibir el espíritu de trabajo. Yo lo veo en mis niños de siete años, y el año pasado en los de doce: si un profesor le da el examen el día después corregido, el niño percibe que ese profesor trabaja, que no está agandulado. Cuando los niños perciben eso, puedes exigir. Entonces, lo mismo que uno se pone el chándal con marquitas o no, o se pone una ropa, eso lo ven los niños. Lo más importante es que el profesor o educador sea consciente de que es un modelo para los niños. Y lo es en cosas que no se ven. Si cogiéramos una lista de qué ocho o diez valores me gustaría tener en nuestros alumnos y viésemos si nosotros lo tenemos (lo que he dicho de constancia, esfuerzo, cariño, no hablar mal de nadie…), eso los niños tienen que percibirlo en nosotros. Y desgraciadamente no lo ven: nos ven criticar unos a otros, hablar mal de los otros. Todos lo hacemos. Hay un libro, de cuando hice el máster en Málaga, que se llama “Todos educamos mal, pero unos peor que otros“. Va con la idea de que es muy complicado educar, pero qué podemos hacer para intentar paliar nuestros defectos, que no se vean tan claramente.

-Cuando has recordado tu etapa en la escuela, has comentado ese ambiente que tú respirabas en el que os sentíais iguales entre todos, en el que quizás no existía esa estigmatización de los alumnos, cosa que ahora sí que ocurre. ¿Qué valores habría que trabajar para romper un poco con eso?

Javier Figueras participando en una carrera

Javier Figueras participando en una carrera

Pues, por ejemplo, voy a hablar de un valor en concreto, porque también lo hablaba en mi tesis doctoral, y es lo que más se escucha hoy en día a la vicepresidenta, al presidente, políticos, alcalde, a todos: el respeto. Respeto institucional, a los mayores, a la familia, al profesorado, al medio ambiente, los animales… Todos efectivamente estamos de acuerdo en que hay que respetar, pero por muy encima, lo propiamente humano, es la veneración, la alabanza, el cariño o el amor. Tú me tienes que respetar a mí, pero es que las personas merecemos cariño, amor y alabanza. Entonces, creo que es fundamental transmitir ese valor del respeto en el día a día con los alumnos, ponerse a su altura, sentarse en una silla o estar en cuclillas para que el niño perciba, no solamente que se le respeta, sino que se le quiere. Es el principal valor que hay que hacer.

El trabajo en equipo es también muy importante. Una de las frases que decía yo en la tesis doctoral y luego en el tribunal de oposiciones era: se nos educa en la escuela competitivos y luego nos quieren cooperativos, y eso no puede ser. Hay que educar para trabajar en equipo. No hay que educar aquí y que cada uno se busque su vida. Otro punto importante viene de un jugador de baloncesto que ahora vive en esta zona, que es un chico estupendo padre de tres niños. Ha estado 18 años jugando en la ACB y dice que le llama la atención que efectivamente hoy en día ve que los niños, en un trabajo en equipo, en un club de baloncesto o de fútbol, cuando alguien falla todo el mundo le echa la bulla. En la élite no se ve. De hecho, cuando ocurre eso con un jugador, ese equipo en un año o dos desaparece o se desintegra. En la escuela, cuando uno falla, hay que animarlo más y hay que quererlo más que a otro. Me acuerdo de un alumno que era un poco discapacitado no cognitivo, pero sí socialmente, tenía ocho o diez dioptrías de miopía, nunca llevaba las gafas adecuadas. La maestra era a quien más quería, o al menos así yo percibía. Eso hoy en día es complicado, el percibir y ver el cariño. Yo percibo cuando un profesor quiere a sus alumnos, les tiene cariño. Y querer no es dejar que hagan lo que quieran; es exigirles también, pero con cariño. El argumento en educación debe de ir envuelto con cariño. Quererlos y sentirse querido es lo más necesario en educación. Con eso luego puede uno establecer más valores.

Se nos educa en la escuela competitivos y luego nos quieren cooperativos, y eso no puede ser. Hay que educar para trabajar en equipo

-Esa es la base. Y yo creo que también debe de ser el cimiento de lo que ahora llamamos atención a la diversidad. O sea, significa querer a cada uno con sus aspectos específicos, y desde esa situación suya sacar lo mejor.

Eso desde el punto de vista del educador. Desde el punto de vista del educando, otro de estos valores es la autoestima. El que va por encima, la autoestima la tiene demasiado elevada. Pero el que va por debajo, el tema de la autoestima…, en el fondo es sentirse querido. Esto es un principio de los que somos cristianos, del catolicismo, que es sentirse hijo de Dios y querido por Dios, la filiación divina. Estoy metiendo muchas cosas de religión, pero es que el humanismo cristiano aporta muchísimo en esto que estamos hablando. El sentirse querido, hijo de Dios, pese a todo el tema del perdón. Eso es como decíamos antes, pese a lo que hagas tu madre o tu padre van a estar ahí. Hacerle ver a los alumnos que pese a lo que sea, pese a que meta la pata, pese a que no pase esta oposición, o pese a que un niño no tenga padres, o lo hayan abandonado como puede pasar en contextos de privación social, pese a que sea el peor alumno, le falte un brazo, sentirse hijo de Dios y querido por Él, eso calma y apoya mucho. Es fundamental acompañarlo de sentirse en el día a día querido por los demás.
Hay una cosa que quería matizar: hoy en día no tenemos derecho a recibir nada de nadie, ni siquiera el cariño de nuestros hijos o de nuestra pareja o nuestros padres, porque todos los derechos emanan de la obligación de la gente. Sí estamos obligados a querer a nuestros hijos, a tratar bien a nuestros compañeros, a desvivirnos por muchas cosas. Tenemos esa obligación, y como fruto de esa obligación, efectivamente en la vida vamos a recibir mucho. Hoy en día se ve en todos los contextos el “para que tú me des yo te doy”, hasta en las parejas. No: “¿tú que das, qué aportas?” Y cuando uno aporta es cuando puede crecer. La persona, si no se da, si no se entrega, si no ama, no crece. Cuando uno da una gratificación a una ONG, a un mendigo, ayuda a alguien, uno se siente mucho mejor que el que ha sido ayudado. Pues en ese aspecto, entregarse y dar es necesario. Hoy en día, desgraciadamente hay muchos aspectos educativos y sociales que nos limitan para dar. No hay contextos ni ambientes en que puedas dar. Tú quieres ayudar ahí y dicen: “¿qué querrá éste?”
Luego la gente, otra cosa es que no se siente acogida, no pide ayuda. Estamos en una sociedad en la que pedir ayuda es lo último. ¿Y a quién le pide la gente luego ayuda? A los padres, ni siquiera a los hermanos o a los hijos. Y el 50% de familias están rotas. Así es muy complicado.

-Volviendo un poco al tema de trabajar los valores en el aula, has hablado también de que son personales, del tema de la ejemplaridad. El trabajar en valores supone también sacar lo mejor de uno mismo, no quedarse únicamente en lo establecido, sino dar un paso más, es decir, creatividad. Cuando en el aula se trabajan esos valores desde un ámbito creativo, cambia el concepto de la escuela. ¿Te parece que hablemos de la creatividad en el aula?

Efectivamente, dentro de este marco fundamental de poder crecer y desarrollarse existen muchos aspectos secundarios (competencias, hobbies, habilidades) que cada uno debe desarrollar en plenitud. Estamos en una sociedad de reproducir modelos y no dejar al niño que desde pequeño cree, asuma su papel, corresponda y sea capaz de percibir una gran diversidad de caracteres. No hay que imponer un perfil de una persona ideal: este jugador de fútbol, esta cantante, etc. En el tema de los valores y la creatividad es también importante tener en cuenta que una persona se hace creativa o generosa o bondadosa haciendo actividades bondadosas, o generosas. Un chico que sea mentiroso se hace íntegro y sincero haciendo actividades en las que trabaje la sinceridad. Aunque luego diga una mentira, pero pesa más que se ejercite en la bondad que en la vez que se ha equivocado, lo que decimos del tema del perdón. Hay que dejar que los niños crezcan en sus capacidades, que tengan iniciativa propia, que sepan también organizarse entre ellos. Eso yo lo hago mucho en Educación Física: a veces los pongo para que uno sea el árbitro o el juez, y que elijan los equipos, y se dan cuenta de lo complicado que es ponerse en el lugar del otro, porque no están acostumbrados, lo complicado que es innovar y lo fácil que es reproducir modelos existentes.

Lo complicado es innovar, lo fácil es reproducir modelos existentes


-En el aula trabajas bastante el refuerzo positivo, ¿no?

Sí, lo intento. Es verdad que, si la administración nos dejase y nosotros nos lo tomásemos en serio, habría que intentar ser más consciente de qué hace uno, reflexionar más sobre lo que uno hace en el aula.

-También eres monitor en escuelas de atletismo.

Sí, estuve una serie de años en Granada y ahora llevo dos años en Antas y en Vera.

-A nivel profesional y de aprendizaje personal, ¿qué te ha supuesto?

Ha supuesto, y es una cosa que a mí me llama la atención, también vinculado con la tesis doctoral, que en muchas actividades los padres buscan entretener a los niños con una actividad que les guste. A estas edades el componente lúdico es fundamental. Yo he tenido en Antas 45 o 50 niños, aquí en Vera unos quince o 20. Los niños los han pasado muy bien, ha sido muy enriquecedor. A mí me ha valido personalmente y a los niños. Son grupos amplios de tres o cuatro edades distintas, con lo cual los niños tienen que conocerse cada uno sus capacidades e integrarse. Ninguna actividad que hemos planteado ha sido para competir con otros. Eran actividades muy creativas, para que el niño conozca sus límites, su esfuerzo, plantearle retos en circuitos, actividades, en modo de dificultad, de repeticiones.

Luego sí he percibido que la Administración y los padres siempre van por detrás de realmente lo que es la actividad en sí: yo pretendo educar en valores a través del deporte, que le cojan el sentido y quieran el deporte. Hoy en día, a partir de la adolescencia, los doce o trece años, se abandona mucho el deporte. Muchos de los motivos son el tema de los estudios, mentira. En el fondo es la falta de esfuerzo, y sobre todo algo que desde la Educación Física o el deporte no se ha sabido llevar, que es lo que intento hacer desde las escuelas de atletismo: que el niño lo valore. Igual que nos pasa a los adultos, que cuando va al gimnasio es porque se siente a gusto, su imagen personal le gusta, socialmente, psicológicamente y fisiológicamente le viene bien. Los niños deben percibir también eso. A mis niñas también las llevo al atletismo. Mi mayor ilusión sería que, cuando tengan 20 o 25 años, estén haciendo deporte, bien atletismo, bien apuntadas a un gimnasio, jugando al pádel, montando en bicicleta.

Club de Atletismo Sur Este

Club de Atletismo Sur Este

El deporte en sí, efectivamente no se ni bueno ni malo. Hoy en día, algunos deportes, como el fútbol, maleducan, porque reproducen una serie de valores que no son positivos, como la competitividad. Aquí en Vera hay 200 o 300 alumnos en fútbol de 1500 alumnos en edad de Primaria. El fútbol, como hobby, es una cosa saludable, pero me preocupa los otros 1200 niños que excepto unos pocos que hacen gimnasia rítmica o multideporte, no hacen nada, porque no se les ofrece. Que un niño pase tres o cuatro horas con la televisión o los vídeojuegos, como dicen las estadísticas, a la larga no es ya sólo la obesidad, son niños sin voluntad. Lo mismo que un niño tiene que tomar una serie de cosas (vitaminas, minerales) para crecer, si un niño entre los seis y los doce años no se ejercita o no desarrolla, si uno a los doce años no está coordinado, no lo estará nunca. Si un niño con diez o doce años no ha descubierto los valores positivos del deporte, el componente de habilidad, de reto, social, fisiológico, olvídate. Muchos niños abandonan el deporte porque no se les ha sabido enseñar a disfrutar con él.

Pretendo educar en valores a través del deporte, que le cojan el sentido y quieran el deporte

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Publicado en: Entrevista
Entrevistador: José Manuel Martos Ortega
Editor: José Manuel Martos Ortega

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