Buscando experiencias de aprendizaje en la sociedad del siglo XXI

La Sociedad de la Información y la Comunicación, también llamada Sociedad del Conocimiento, se despliega ante nuestra mirada con unos horizontes vastos y a veces difuminados. A nosotros, ciudadanas y ciudadanos del siglo XXI, nos toca transitar por ella y orientarnos para buscar un sentido en medio de un mar de información, de nuevas relaciones en red. José Antonio Pérez Tapias, en su libro Internautas y náufragos. La búsqueda de sentido en la cultura digital plantea la cuestión del sentido en este nuevo contexto, haciendo un paralelismo con la figura de Ulises, vagando sin rumbo, en busca de Ítaca:

Ulises en su viaje a Ítaca

Ulises en su viaje a Ítaca

Ciertamente las nuevas tecnologías de la información y la comunicación configuran un mundo-red de fronteras indefinidas que es el nuestro. En medio de él tratamos de reorientarnos los humanos de una civilización “real-virtual”, queriendo dibujar de nuevo quizá imposibles mapas, cuando los horizontes conocidos ya se han esfumado. Desde el seno de una multitud ilimitada podemos vernos cada uno de nosotros como un nuevo y solitario Ulises, arrojado a una navegación sin rumbo, en un mar surcado por fibras infinitas de una red interminable (Pérez Tapias, 2003: 11).

En este contexto novedoso y cambiante existe el miedo a ser un náufrago ya que es “imposible nadar, desvalidamente contracorriente y mantenerse a flote en tantas luchas desiguales si las nuevas redes tecnológicas no las convertimos en redes solidarias. Éste es el norte de nuestro viaje, y no será posible acometer la travesía si no transmutamos el miedo mortal de los solitarios en viva esperanza de los solidarios” (Pérez Tapias, 2003: 15).

El conocimiento y el aprendizaje como valor de una nueva ciudadanía

Cuando se caracteriza a la Sociedad del Conocimiento en contraposición a la Sociedad Industrial se remarca la importancia del conocimiento como valor diferenciador entre los dos modelos de ciudadanía. En efecto, nuestra sociedad está envuelta en un complejo proceso de cambio que está transformando la forma en que nos organizamos, trabajamos, concebimos nuestras relaciones sociales y, como no, nuestra manera de aprender. Si la socialización en cualquier sociedad y cultura lleva consigo un proceso de aprendizaje, la nuestra ha convertido a éste en el protagonista de la misma. Poner el conocimiento como uno de los principales valores de la ciudadanía implica necesariamente redescubrir el aprendizaje como dimensión esencial de la vida de las personas.

Pero ¿de qué modelo de conocimiento hablamos? ¿de conocimientos inmóviles, válidos para toda una vida? ¿qué entendemos hoy por “persona formada”, “competente en su puesto de trabajo”? Responder a estas preguntas implica reconocer que los conocimientos actualmente tienen una fecha de caducidad y eso nos obliga, ahora más que nunca, a asegurar garantías formales e informales para que ciudadanos y profesionales actualicen su competencia. Por tanto estamos en una sociedad que exige de los ciudadanos una constante actividad de educación y formación. En este contexto informacional y de comunicación es necesario situar al aprendizaje en el centro del debate ya que nos vemos inmersos en una compleja red de relaciones en la que hemos de navegar, al igual que Ulises, buscando una nueva Ítaca, una sociedad equitativa basada en el conocimiento y el aprendizaje. La Sociedad del Conocimiento implica, por tanto, una Sociedad del Aprendizaje.

La Sociedad del Conocimiento implica una Sociedad del Aprendizaje

Es necesario buscar experiencias de aprendizaje que iluminen nuestro camino a Ítaca

Emparejada con la cuestión de la naturaleza del conocimiento surge la cuestión de la naturaleza del aprendizaje. ¿Cómo aprendemos? ¿dónde acontece el aprendizaje? ¿sigue recluido en los sistemas de educación y formación? ¿qué valor tiene la experiencia personal y profesional para nuestro aprendizaje?

En estos últimos años hemos ido redescubriendo nuevas dimensiones del aprendizaje que nos ayudan a comprender su naturaleza y alcance, a la vez que nos ha hecho dirigir nuestra mirada a nuevos ámbitos y espacios como lugares privilegiados de aprendizaje frente a las instituciones formales y tradicionales de formación. Aprender a lo largo de la vida, aprender a aprender, aprendizaje autoregulado, aprendizaje significativo, aprendizaje autónomo son términos que nos ayudan a entender la compleja realidad del aprendizaje en un escenario en que el ciudadano deja de vivenciarlo como un proceso pasivo para adentrarse en una realidad activa en la que se le pide que tome la nave que le conduce a la nueva Ítaca.

Las transformaciones que nuestras sociedades están viviendo no deja de ser un reto para las instituciones formales de educación. Tal y como afirma Carlos Marcelo:

una ciudadanía activa no puede construirse con sistemas educativos obsoletos en cuanto a su organización y estructura tanto didáctica como curricular. Unos sistemas escolares que siguen anclados en los principios de selección y clasificación, donde se asume que los alumnos llegan a las escuelas con deficiencias que las escuelas deben arreglar; que el aprendizaje tiene lugar en la cabeza y no en el cuerpo en su conjunto; que todos aprenden o deberían aprender de la misma forma; que el aprendizaje tiene lugar en las aulas, no en el mundo; que hay chicos listos y torpes y que eso es inevitable; que el conocimiento es por naturaleza fragmentado, que la escuela comunica la verdad, y que el aprendizaje es principalmente individualista y la competición acelera el aprendizaje (Marcelo, 2001: 543).

Los sistemas formales de educación y formación se encuentran en la encrucijada de tener que renovarse. Actualmente nos encontramos inmersos en procesos de reforma del sistema educativo y formativo de nuestro país y resulta paradójico que apenas se hable del aprendizaje que se promueve en su seno. Las discusiones ideológicas, que responden a intereses partidistas, pesan más que la búsqueda de caminos para conocer las necesidades reales de aprendizaje de cada uno de nosotros y nosotras, ciudadanos y ciudadanas que nos toca navegar en este mar, en una sociedad azotada por la crisis, y que, a su vez, revela el rostro oscuro y preocupante de una sociedad globalizada que genera nuevas desigualdades en el acceso al conocimiento y el aprendizaje.

Diógenes. Atribuida a Johann Heinrich Wilhelm Tischbein. (Licencia Creative Commons)

Diógenes. Atribuida a Johann Heinrich Wilhelm Tischbein. (Licencia Creative Commons)

En esta situación es necesario poner sobre el tapete la cuestión del aprendizaje, tal y como acontece en la vida real de las personas. Es necesario revivir la experiencia del filósofo  Diógenes de Sinope: ponernos en camino, con nuestra lámpara en la mano para buscar a la persona, para redescubrir la experiencia única de aprendizaje que encierra nuestra vida, en los distintos ámbitos en que se desarrolla la educación y la formación: formal, no formal e informal. Transitar por los caminos del aprendizaje de la persona nos llevará a descubrir las buenas prácticas, la innovación que se está desarrollando en los ámbitos formales de educación y formación, para no desaprovechar el conocimiento, el patrimonio educativo y formativo que han atesorado muchos profesionales de la educación y la formación que buscan y hace posible que no seamos náufragos en nuestro itinerario.

Innovar implica redescubrir la experiencia única de aprendizaje que encierra nuestra vida y aprender de las buenas prácticas educativas y formativas    

Innovar en el ámbito del aprendizaje es mirar hacia fuera para poner a la persona en el centro de la sociedad y no otros intereses (económicos, políticos, ideológicos), aprender de lo que se está haciendo, mejorar aquello que no responda a las exigencias del momento, y abrir un horizonte de esperanza para que no seamos náufragos solitarios sino ciudadanos de una sociedad-red que construye su futuro colaborativamente:

No siempre la innovación nace en un laboratorio o en un gabinete de estudios. Más bien, la tendencia actual, contraria al hábito de buscar en el centro de las instituciones de relumbrón, es a mirar hacia fuera y ver qué ocurre extramuros o en los intersticios. No siempre las novedades se gestan en un ambiente de expertos. A veces el motor de los cambios está en los pequeños gestos, las relocalizaciones mínimas, los actores diminutos, los colectivos débiles y los problemas periféricos. Hay muchas evidencias fragmentarias, tanto históricas como antropológicas y sociológicas, que nos están empujando a reimaginar la innovación como un proceso más abierto y participativo, y menos tecnocrático y tecnocientífico. En todo caso, cada vez estamos más seguros de que la innovación no ocurre en el cerebro de un individuo o en el silencio de un despacho, sino que se gesta en el burbujeo de la calle y la inteligencia colectiva. Las buenas ideas necesitan colectivos engrasados y, lo mejor, cada vez que algo nuevo logra desplegarse siempre encontramos que es sostenido por una red de consumidores, usuarios o interesados. En pocas palabras: una innovación técnica implica una innovación social y el intento de discernir cuál es causa y cuál efecto puede conducirnos a polémicas interminables y a la melancolía (Lafuente, 2002: 132).

BIBLIOGRAFÍA:

LAFUENTE, A. (2012), Modernización epistémica y sociedad expandida, en AA.VV. Educación Expandida. Sevilla: ZEMOS98, pp. 129-150.

MARCELO, C. (2001), Aprender a enseñar para la Sociedad del Conocimiento. Revista Complutense de Educación Vol. 12 Núm. 2, pp. 531-593.

PÉREZ TAPIAS, J.A. (2003). Internautas y náufragos. La búsqueda de sentido en la cultura digital. Madrid: Trotta.

 

José Manuel Martos Ortega

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Publicado en: Aprendizaje
Un comentario sobre “Buscando experiencias de aprendizaje en la sociedad del siglo XXI
  1. María de Lourdes dice:

    El tema invita a la reflexión no ´solo sobre el aprendizaje sino sobre la formación que se está desarrollando en los centros educativos. Mis reconocimientos al autor

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